YAXCHILÁN EL ABRAZO DEL RÍO USUMACINTA

ENCERRADAS EN UN MEANDRO DEL RÍO USUMACINTA, LAS RUINAS DE YAXCHILÁN TIENEN ESE AURA DE MISTERIO QUE PROPONE LA SELVA CUANDO LAS PINTA DE MIL VERDES Y LAS BAÑA CON FLECOS DE LUCES Y SOMBRAS. LA EXPERIENCIA DE LA VISITA A ESTE RETAZO DEL PASADO MAYA SE COMPLETA CON UN ENCANTADOR PASEO EN LANCHA, NECESARIO PARA ACCEDER A SU ESPLENDOR DE PIEDRA.

TEXTO Y FOTO: JES GARBARINO

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LAS REDES CIRCULARES DE LOS ATRAPA-SUEÑOS FILTRAN LA BRISA QUE SUBE DESDE EL RÍO USUMACINTA, encargado de marcar la frontera entre México y Guatemala, en el estado de Chiapas. Los collares rojos y turquesas sobre los puestos de artesanías ubicados a la vera del camino que lleva al embarcadero, distraen a los visitantes con colores y reclamos a la vanidad. Escaleras abajo, un racimo de lanchas de perfil afilado y techos de paja esperan —sobre las aguas que el lodo ha teñido de amarillo— a esos pasajeros decididos a conocer las ruinas mayas de Yaxchilán.

El viaje en lancha desde el embarcadero de Frontera Corozal hasta la zona arqueológica de Yaxchilán, ubicada a unos 25 kilómetros, requiere una media hora, que se disfruta observando la vegetación de las orillas con el propósito de descubrir monos, pájaros o cocodrilos camuflados en el exuberante paisaje.

Otro racimo de lanchas apiñadas al pie de una escalera anuncian que llegamos a destino. Pocos metros antes, la silueta triangular de la única pirámide que se ve desde el río es apenas un anticipo de lo que esconde la selva lacandona detrás del abrazo que le propina el río con un gran meandro de casi 360 grados.

Luego de subir las empinadas escaleras, nos enteramos que Yaxchilán significa “lugar de piedras verdes” y el guía nos explica que se trata de un nombre que le fue otorgado en tiempos relativamene recientes a falta de noticias sobre su denominación original.

 

ESPLENDOR DE PIEDRA

 

La entrada a la zona arqueológica es tan singular como la forma de llegar hasta allí navegando por el río: una pequeña puerta te conduce a unos pasadizos y escaleras oscuras al interior del Edificio 19, también conocido como El Laberinto, que algunos asocian con el inframundo de los mayas y que desemboca —con un haz de luz que encandila— en un altar que da a la inmensa Gran Plaza del sitio.

Los científicos han llegado a determinar, por los vestigios encontrados y las inscripciones jeroglíficas que se lograron descifrar, que el poblamiento de Yaxchilán inició alrededor del año 250 d.C. y terminó hacia el 900 d.C., de modo que todas las construcciones pertenecen al Clásico Maya. Los mejores años que conoció esta ciudad, de complejas relaciones políticas y creencias religiosas, transcurrieron durante los gobiernos de Escudo Jaguar I, Pájaro Jaguar IV y Escudo Jaguar II.

En torno a la Gran Plaza se puede ver el juego de pelota (Edificio 14), con un baño de vapor asociado, donde se supone que se realizaba el ritual de purificación previo a la partida. Allí se suceden también los conjuntos de edificios cuyas antiguas funciones se tienen más o menos claras, cubiertos en parte por un musgo que hace que cobre sentido aquello de “piedras verdes” en el nombre de este lugar. Además, la exploración permite comprender por qué el sitio es famoso por la gran cantidad de dinteles tallados y estelas que sobrevivieron a la inclemencia natural. De lado derecho, unas finas escaleras serpenteantes llevan a edificios construidos en la pendiente del terreno, que invitan a subir.

El Edificio 23 conserva en su interior una escultura del torso de Pájaro Jaguar IV que nunca deberá volver a tener encima la cabeza que yace en la habitación contigua puesto que —según una leyenda lacandona— esta unión provocaría catástrofes devastadoras a expensas de los jaguares celestes.

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Al final de la Gran Plaza, sobre uno de los lados y escondida de la vista hasta que se está muy cerca, trepa por la pendiente una gran escalera de unos 100 metros de alto, que lleva al majestuoso Edificio 33 o Gran Acrópolis. Haciendo acopio de aliento, subimos volteando cada tanto para apreciar las magníficas vistas del sitio que se obtienen desde lo alto. Luego, un poco más atrás del edificio principal, se encuentran los Templos del Sur, que destacan por conservar restos de pinturas murales.

La zona arqueológica se divide en tres grandes conjuntos: la Gran Plaza, la Gran Acrópolis y, por último, la Pequeña Acrópolis, compuesta por 13 edificios ubicados en una colina natural a unos 50 metros de altura. Construido en torno a dos pequeñas plazas, este conjunto arquitectónico conserva interesantes inscripciones en sus Edificios 42 y 44.

El viaje de regreso en lancha nos deja en el mismo punto de donde partimos: el embarcadero lleno de colores gracias a sus puestos de artesanías y sus atrapa-sueños circulares, que ahora filtran la sensación de inercia que nos dejó el desplazamiento por el agua y las fantasías que juguetean en la mente sobre la vida allí hace más de mil años. Y así se cierra también el círculo de este recorrido por las ruinas de Yaxchilán que, como el concepto del tiempo de los mayas y el meandro que abraza la porción de territorio donde se asientan, evoca círculos en movimiento.

 

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