EL ÚLTIMO ANTIHÉROE

Con la conclusión de la extraordinaria serie televisiva de AMC, Mad Men, no sólo se cierra el épico ascenso al éxito en la carrera del publicista Don Draper, sino toda una generación de antihéroes, de cuya estirpe, él sin duda es nuestro favorito.

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EL JIN GLE QUE CIERRA EL ÚLTIMO CA PÍ-TULO DE LA SERIE MAD MEN quizá no sólo
confirma la compleja personalidad de su protagnista, sino que sirve de cierre a uno de los ciclos más exitosos que la televisión tenga memoria. Pero regresemos cinco años atrás, cuando eran contados los elogios que despertaba la televisión. En el inconsciente colectivo, el término “caja idiota” era el lugar común que aún se utilizaba para describir, salvo muy contadas excepciones,
al entretenimiento televisivo. No olvidemos que estamos hablando de una era pre-Netflix, cuando estaba mucho más allá del poder de nuestros dedos poder disfrutar en cualquier momento, de propuestas inteligentes y propositivas a través de la pantalla chica.
Ya sea Tony de Los Soprano, Omar Little de Th e wire, o Wa lter White en Breaking bady, evidentemente Don Draper en Mad men comparten un tema en común: la orfandad .

Poco había transcurrido después del inicio de la segunda década de este siglo cuando, a lo largo de los cuatro puntos cardinales, las opiniones de los líderes de opinión más disímiles alrededor del orbe, se dejaban sentir, ya fuera Mario Vargas Llosa o Bernardo Bertolucci, las voces comenzaban a oficializar lo que ya era bien sabido por los geeks del entretenimiento: se estaba viviendo una “época de oro” de la televisión estadounidense. Pero esta oficialización no era gratuita, hubo series cuyo papel dentro de la historia televisiva bien puede describirse como peones en tablero de ajedrez —lanzadas en avanzada, arriesgando su carácter propositivo a costa de rating. Hay que aplaudir al canal de televisión por cable HBO por aventurarse a transmitir Los Soprano, Six Feed Under y la joya llamada The Wire (si no la han visto, no lo cuenten y háganlo a partir de este momento). Y que más tarde canales como AMC replicaron con Breaking Bad y Mad Men.
Pero, ¿cuáles son los vasos comunicantes que unen esas series independientemente de su diversidad de historias y lecturas narrativas? La atención mediática que despertó Breaking bad hace un par de años, evidenció la conclusión de un ciclo marcado por lo que podríamos definir
como el agotamiento del antihéroe masculino como eje rector del drama televisivo estadounidense. Mientras que los blockbusters de la pantalla grande están acaparados por figuras humanas extraídas del cómic, la TV norteamericana se ha concentrado en explorar a personajes masculinos cuyas historias los ubican al margen de la ley. No obstante, la preocupación que los agobia, es mucho más simple que la de la transgresión conscientesino una más sencilla y apremiante en términos íntimos y familiares. Ya sea Tony de Los Soprano, Omar Little de The wire, o Walter White en Breaking bad y, evidentemente Don Draper en Mad men comparten un tema en común: la orfandad.

La grandiosidad de Mad Men es que, desd e su primera temporada , Jon Hamm interpretó a dos hombres en apariencia irreconciliables.

La grandiosidad de Mad Men es que, desde su primera temporada, Jon Hamm interpretó a dos hombres en apariencia irreconciliables. El primero es Richard Whitman: una persona traumatizada no solamente por la ausencia de su madre (una prostituta de burdel que falleció al parirlo), sino también por los abusos de su padre alcohólico, una adolescencia precoz y la culpa de haberle robado la identidad al hombre que mató por accidente durante la guerra de Corea, justamente, el teniente Don Draper. Whitman vive angustiado por el miedo y la paranoia, al vivir escondido de sí mismo dentro del personaje de Don durante
más de una década.
El segundo es Don Draper, primero asalariado, luego socio y al final exsocio de Sterling Cooper and Partners (SC&P). Considerado como uno de los publicistas más brillantes de Nueva York durante la década de 1960, Draper es una víctima de sus compulsiones: alcohol, sexo y un espíritu de autodestrucción que disfraza de arrogancia y ambición. En contraste con Whitman, Draper es difícil de ignorar: él en sí mismo es un “objeto del deseo”, tanto de mujeres como de hombres que quieren explotar su talento. Richard es un hombre confundido y acomplejado;
Don es un mentiroso y estafador de profesión. Ambos saben que ya no es viable continuar así, por lo que emprenden un viaje en el que se despojan de todo: casa, empleo, posesiones, dinero. La última parada es California. Sólo una personalidad podrá emerger del peregrinaje. El hombre que Hamm interpreta en los últimos minutos finales del capítulo final no es Draper ni Whitman.
Para muchos, la referencia más inmediata de esta doble personalidad dentro de un papel protagónico masculino en la televisión es Walter White con su Heisenberg. Pero el ascenso al poder de este villano a costa de prueba y error palidece ante la complejidad de un personaje
como el de Don Draper. En el transcurso de las siete temporadas de las siete, vemos, por un lado, aun hombre que con toda naturalidad se cambia la pijama para usar un traje pasadas las dos de la mañana, así recibir a

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